Buenas noches, nos reunimos hoy 6 de julio de 2026 en nuestro grupo de estudio de ADEPAC para continuar con esta obra Sobre los sueños y la muerte de la analista junguiana Marie-Louise von Franz. La sesión pasada hicimos un recorrido por cada uno de los seis capítulos anteriores. Hoy quisiera que recordáramos muy brevemente los planteamientos básicos del libro.
Von Franz parte de una pregunta central: no qué piensa la conciencia sobre la muerte, sino cómo la sueña lo inconsciente cuando una persona se aproxima a ella. Y lo que encuentra es que los sueños no presentan la muerte sólo como final, sino como transformación.
En los primeros capítulos vimos que la muerte toca el problema del cuerpo, porque nuestra identidad está muy unida a él. Por eso aparecen Osiris, la momificación y la idea de que el cuerpo muerto guarda un secreto. Luego aparecieron los símbolos vegetales: la semilla, el trigo, el árbol y el fruto, que muestran la muerte como caída, descomposición y posible renacimiento.
Después, la autora mostró la muerte como unión de opuestos, como matrimonio alquímico; luego como nacimiento oscuro, paso difícil hacia otra forma de existencia; más adelante como encuentro con un Otro, a veces amenazante y a veces guía; y luego como paso por fuego y agua, símbolos de purificación y transformación.
En el capítulo 7, todo esto se concentra en el sacrificio o tratamiento del cuerpo viejo. El cuerpo no es simplemente abandonado, sino transformado, como si debiera prepararse para una forma más sutil.
Así llegamos al capítulo 8, y es que si el cuerpo viejo debe transformarse, la pregunta ahora es: ¿qué pasa con el yo? ¿Qué parte de nuestra identidad se pierde y qué parte puede quedar como fruto de la vida vivida y hecha consciente? Este capítulo será expuesto por nuestra compañera Mónica Yepes, que como no pudo estar la sesión pasada, les cuento que vive en España, en la isla Mallorca, por lo que allá es la una de la mañana. Gracias Mónica por acompañarnos, y tienes la palabra.
El capítulo 8 se titula “La identidad variable del yo, las múltiples almas y su fijación en el fruto”, y funciona como puente entre el “tratamiento del cuerpo viejo” del capítulo 7 y la futura reunificación de lo separado en la “piedra” del capítulo 9.
La identidad variable del yo
Von Franz comienza señalando que, en las experiencias cercanas a la muerte, el “yo” no siempre aparece igual.
A veces la persona habla como si siguiera siendo el mismo yo de la vida cotidiana.
Pero otras veces ese yo se transforma.
Se vuelve más amplio.
Más objetivo.
Más cercano a una luz interior.
En varios relatos aparece una “voz”, un “amigo interior” o una “esencia luminosa”. Desde una lectura junguiana, Von Franz los relaciona con el Sí mismo.
(Ya lo había dicho la vez pasada y lo repito ahora: el Sí mismo no es simplemente el yo más fuerte o más sabio. Es realmente el centro y la totalidad de la psique. El yo es el centro de la conciencia; el Sí mismo es una totalidad mucho mayor, que incluye conciencia e inconsciente.)
La luz y el yo transformado
Von Franz resume una experiencia recogida por Moody: un hombre en coma ve una pequeña esfera luminosa. La luz lo invita a acompañarla. Él siente que se une con ella y, al mismo tiempo, que ambos siguen siendo distintos.
No hay fusión completa.
Hay unión y diferencia.
El yo se acerca al Sí mismo, pero no desaparece del todo.
Luego aparece otro testimonio en el que la persona dice que su nuevo yo ya no es el yo habitual. Es un yo más profundo, que siempre había estado allí, pero cubierto por miedos, deseos y apetitos.
Ese nuevo yo se siente único e indestructible, pero también parte de una totalidad ordenada.
(Aquí puede decirse que, cerca de la muerte, el yo parece desprenderse de sus capas más personales, más defensivas. Y queda algo más esencial, menos biográfico….)
La experiencia de Jung
Von Franz recuerda la propia experiencia cercana a la muerte de Jung.
Jung sintió que todo lo que había pensado, deseado o creído en la vida terrena le era arrebatado. Fue doloroso.
Pero algo quedó.
Quedó lo vivido.
Quedó lo realizado.
Jung sintió que él era “ese haz” de historias, actos y experiencias.
Ya no había deseos ni pretensiones.
Sólo quedaba lo que había sido.
Von Franz interpreta esto como una especie de quintaesencia de la vida. No sobrevive el yo lleno de deseos, sino el fruto de lo vivido.
El fruto que sobrevive
El capítulo desarrolla entonces el símbolo del fruto.
Von Franz lo relaciona con Simón el Mago, con el budismo, con la tradición persa y con la alquimia.
En todas estas tradiciones aparece la idea de que algo de la vida se concentra en una semilla, un fruto, un grano o una forma preciosa.
Ese fruto conserva el sentido de lo vivido.
No es la personalidad cotidiana.
Es una esencia.
Un hombre de ochenta años, cercano a la muerte, sueña con un viejo ciruelo enfermo que, de manera inesperada, tiene muchos frutos. En lo alto aparecen incluso dos frutos de oro. Él se llena de alegría y se los muestra a sus hijos.
Von Franz entiende el sueño como una imagen consoladora. Aunque el árbol esté viejo y enfermo, ha producido fruto. Y esos frutos de oro sugieren algo valioso, incorruptible, logrado al final de la vida.
(El árbol puede representar la vida entera. Y el fruto de oro no es cantidad de logros externos, sino la calidad simbólica de lo vivido. Eso es lo que queda como valor interior.)
El sufrimiento consciente
Otro sueño importante pertenece a un hombre que había sufrido mucho en su vida profesional.
En el sueño, una voz en un idioma oriental le dice que su obra y el dolor que sufrió conscientemente han dado consuelo a muchas generaciones anteriores y darán luz a muchas generaciones futuras.
Von Franz subraya que no se trata de una recompensa personal en el sentido moralista.
Es algo más profundo.
El sufrimiento vivido conscientemente parece tener un efecto invisible en lo inconsciente colectivo.
(Creo que aquí “sufrir conscientemente” no significa resignarse pasivamente, sino intentar ver el sentido simbólico y transformador de la experiencia.)
El objeto único en la biblioteca
Von Franz cita luego un sueño publicado por Edinger.
El soñador recibe una tarea casi imposible. Debe sacar de un bosque un tronco pesado, cortar una pieza redonda, decorarla con un diseño especial y conservarla a toda costa. También debe grabar una explicación detallada de su sentido. Después, el objeto y la grabación deben ser entregados a una biblioteca pública.
Edinger interpreta ese objeto como la quintaesencia única de una vida.
Algo irrepetible.
Algo que debe conservarse.
La biblioteca representa una especie de depósito transpersonal, una casa colectiva del espíritu.
(Sí, la biblioteca puede pensarse como la imagen del inconsciente colectivo, y así lo trabajado por una vida no se pierde, sino que entra en un campo psíquico más grande.)
La relación correcta entre yo y Sí mismo
Otro testimonio describe al yo como una bolita dentro de una pelota más grande.
Von Franz ve allí una imagen muy precisa de la relación entre el yo y el Sí mismo.
El yo no debe inflarse y creerse idéntico al Sí mismo.
Pero tampoco debe quedar separado de él.
Debe reconocerse como parte de una totalidad mayor.
(Este es un punto clave en Jung. Si el yo se identifica con el Sí mismo, aparece la inflación. Pero si se separa demasiado del Sí mismo, cae en el vacío o la pérdida de sentido. Así que el proceso de individuación busca una relación viva y equilibrada entre ambos.)
Lo que se pierde al morir
Von Franz plantea algo difícil: en la muerte parece perderse mucho de lo que llamamos “calor humano”.
Los deseos, temores, apetitos y esperanzas pertenecen al yo cotidiano, muy ligado al cuerpo y a los afectos.
Cuando esa capa se desprende, puede aparecer una relación más objetiva.
Pero esa objetividad puede sentirse fría.
Cita experiencias donde las personas hablan de soledad, distancia o ausencia de amor tal como lo entendemos los vivos.
Jung también hablaba de que, en el más allá, las relaciones afectivas comunes parecen transformarse. Ya no están tan cargadas de proyección, dependencia o expectativa.
(Y es cierto, y es que como dice Jung, las relaciones afectivas están siempre mezcladas con proyecciones. Pero la “objetividad” no significa falta de amor, sino una relación menos posesiva, menos dependiente y menos contaminada por los deseos del yo.)
El sueño del padre de Von Franz
Von Franz cuenta un sueño que tuvo después de la muerte de su padre.
En el sueño, él llega de noche con una maleta. Ella piensa que quizá debe explicarle que está muerto. Pero él le dice que ya lo sabe y pregunta si no puede visitarlos.
Ella le pregunta si es feliz. Él responde que primero tendría que recordar qué llaman los vivos “felicidad”; en el idioma de los vivos, sí, es feliz.
Dice que está en Viena, estudiando música. Luego sube a una habitación de huéspedes, no a su antiguo cuarto. Dice que ahora está sólo de visita. Cuando ella quiere abrazarlo, él la detiene y le dice que los vivos no deben permanecer demasiado tiempo con los muertos.
Al final ella se despierta con mucho calor, como si el cuerpo reaccionara al contacto con el frío del mundo de los muertos.
Von Franz dice que Jung interpretó este sueño en el plano objetivo, como un verdadero encuentro con su padre.
(Aquí se puede ver la diferencia entre el plano subjetivo y el plano objetivo. En el plano subjetivo, el muerto representa un contenido psíquico del soñante. En el plano objetivo, el sueño se toma como posible relación con el muerto mismo. Jung no aplicaba esto mecánicamente; sino que dependía del carácter numinoso y de la experiencia.)
El peligro de acercar demasiado vivos y muertos
Von Franz cita una carta de Jung donde él advierte que el contacto con los muertos puede ser peligroso si se busca deliberadamente.
Puede envolver demasiado la conciencia del vivo en el mundo del más allá.
Puede empobrecer las comunicaciones.
Puede provocar disociación.
Por eso Jung recomienda aceptar las experiencias espontáneas, pero no forzarlas.
(Este punto es clínicamente importante. Jung no niega estas experiencias, pero tampoco recomienda jugar con ellas. La psique necesita una frontera clara entre los mundos.)
Las múltiples almas
El capítulo pasa luego a las culturas tradicionales.
Von Franz recuerda que muchos pueblos no creen en una sola alma, sino en varias almas.
Una sería el alma libre o alma ego, ligada al pensamiento y a una forma espiritual de supervivencia.
Otra sería el alma imagen, relacionada con la sombra, el doble, los sueños y las visiones.
Otra sería el alma vital o soplo, más cercana al cuerpo y a la fuerza biológica.
Aunque hay culturas que hablan de muchas almas, se repite una dualidad básica: un alma más espiritual y otra más corporal.
(Esto es importante pues puede traducirse psicológicamente en que existen distintos aspectos del Sí mismo, no uno solo. Los principales son: Uno es más atemporal, espiritual y contemplativo. Mientras que otro está más ligado al cuerpo, la vida instintiva, los afectos y la materia.)
Hun y P’o
Von Franz amplifica esta dualidad con la tradición china.
Al morir, el alma Hun asciende. Es más espiritual.
El alma P’o desciende. Es más corporal, más ligada a la tierra, a la vida vegetativa y a los impulsos.
El P’o puede disolverse en la tierra o en una reserva colectiva de vida.
El Hun, si no tiene un cuerpo sutil, puede debilitarse.
Por eso ciertas tradiciones chinas hablan de construir, en vida, un cuerpo espiritual mediante meditación, concentración y transformación interior.
Ese cuerpo sería como un fruto de pensamientos y obras.
(Yo creo que en términos junguianos, podríamos decir que lo que no se hace consciente, es decir todo lo que mantenemos en el inconsciente, tiende a volver al fondo colectivo. En cambio, lo integrado conscientemente en el proceso de individuación adquiere una forma más estable y personal.)
La doble conciencia de los moribundos
Von Franz dice que ha observado en algunos moribundos una especie de doble conciencia.
Por un lado, una conciencia superficial sigue hablando de planes cotidianos, como si la muerte no estuviera cerca.
Por otro lado, aparece de vez en cuando una conciencia más profunda, seria, desprendida, que parece saber perfectamente que el final se aproxima.
Jung también observó estados de ausencia, ensimismamiento y separación parcial del alma respecto del cuerpo.
(Esto ayuda a entender por qué una persona cercana a la muerte puede parecer contradictoria. Una parte sigue en la vida cotidiana. Otra parte ya está en proceso de retirada y preparación.)
El Opus: transformar el alma corporal
Von Franz vuelve entonces a la alquimia taoísta y a El secreto de la flor de oro.
La tarea no es reprimir el alma corporal, el P’o.
La tarea es transformar sus pensamientos, deseos y afectos en una conciencia más interiorizada.
No se trata de odiar el cuerpo ni de negar los afectos.
Se trata de llevarlos a su sentido profundo.
El P’o desea, teme, espera, se aferra.
El Hun contempla, interioriza, espiritualiza.
El Opus consiste en transformar esa energía vital dispersa en una semilla espiritual.
(Aquí está una clave terapéutica muy útil. Jung no propone que reprimamos el afecto. Propone atravesarlo, confrontarlo y preguntarse qué sentido arquetípico está tratando de emerger a través de él.)
El cuerpo que sobrevive
Hacia el final, Von Franz propone una formulación muy clara.
El “cuerpo” que sobrevive a la muerte estaría formado por aquello que una persona ha hecho consciente de lo inconsciente colectivo.
Lo cotidiano que se dispersa en miedos, deseos, apetitos y acciones automáticas tiende a perderse.
Pero cuando una emoción fuerte nos toca, tenemos la posibilidad de descubrir su sentido profundo.
Si logramos hacer consciente ese sentido, incorporamos un trozo de eternidad a nuestra vida.
Eso sería el fruto.
Eso sería la semilla.
Eso prepararía el cuerpo sutil.
(Yo entiendo acá que “hacer consciente” no es entender intelectualmente. Es vivir, sufrir, simbolizar e integrar una experiencia hasta que deja de ser puro destino inconsciente y se vuelve parte de la individuación.)
La cruz y la piedra
El capítulo termina con una idea exigente.
No debemos simplemente reprimir los afectos.
Tampoco dejarnos poseer por ellos.
Hay que sostener el conflicto entre la pasión y su sentido espiritual.
Von Franz dice que ése es el sentido de la cruz: experimentar plenamente la tensión entre los impulsos y su significado más profundo.
Cuando esa tensión se sostiene, puede producirse una transformación.
Pero el yo no la fabrica.
La transformación ocurre.
De esa unión de contrarios surge el cuerpo glorificado, que los alquimistas llamaban la piedra.
(Y ese será el tema del próximo capítulo que yo voy a exponer. Y es que la piedra alquímica es una imagen de totalidad lograda. Algo estable, incorruptible, nacido de la unión de opuestos -por ejemplo entre las pasiones y lo espiritual-. No es una cosa literal, sino una imagen del Sí mismo realizado.)
Idea central del capítulo
Este capítulo pregunta qué queda del yo cuando se aproxima la muerte.
La respuesta de Von Franz es muy fina.
No parece quedar el yo cotidiano con todos sus deseos, miedos y apetitos.
Tampoco desaparece todo.
Queda una esencia.
Un fruto.
Una semilla.
Una quintaesencia de lo vivido conscientemente.
Y ese fruto se forma durante la vida, cada vez que una persona logra transformar sus afectos, sus sufrimientos y sus experiencias en conciencia.
Así, la muerte no aparece sólo como final del yo, sino como prueba de lo que en ese yo llegó a ser verdaderamente integrado.

