Perspectivas – Cap. 10

Psicología Analítica: Perspectivas Contemporáneas
en el Análisis Junguiano

(Traducción de Juan Carlos Alonso ©, de la obra Ed. por Joseph Cambray y Linda Carter (2004). Analytical Psychology: Contemporary Perspectives in Jungian Analysis. Hove and New York: Brunner-Routledge)

Capítulo 10

La actitud ética en la formación analítica y la práctica

Perspectivas arquetípicas y de desarrollo e implicaciones para el desarrollo profesional continuo

Hester McFarfand Solomon

Ha habido una oleada de interés! Recientemente en asuntos relacionados con cuestiones éticas dentro de las profesiones analíticas y psicoterapéuticas. Sin duda este interés ha sido activado en parte por el aumento de la responsabilidad por parte de las profesiones de ayuda del público en general, por las medidas tomadas hacia el registro voluntario y ahora estatutario de los psicoterapeutas, por cuestiones éticas relacionadas con la investigación genética y fetal que han Cuestiones éticas en general, y por un número cada vez mayor de quejas éticas contra los practicantes. Pero sospecho que estas razones por sí solas no dan cuenta de lo que equivale a un cambio radical en el enfoque y el interés en cuestiones de ética. La expectativa de que los altos estándares éticos se mantengan constantemente en la práctica clínica ha sido un principio consagrado en la Constitución y el Código de Ética de la Asociación Internacional de Psicología Analítica (IAAP). Recientemente, el IAAP ha dedicado considerable tiempo y energía a mejorar y actualizar sus disposiciones éticas. Pero por mucho que necesitamos a nivel institucional que la ética se tome como un valor fundamental, y que instemos en el principio de altos estándares éticos para nuestra profesión, realmente no hemos desarrollado una comprensión psicológica profunda de este valor central. Ha habido un pequeño intento de identificar y comprender la actitud ética como un componente intrínseco del yo, o, de hecho, de identificar la actitud ética como componente intrínseco de la actitud analítica, que busca proteger el desarrollo del yo y de ese Tan íntima de relaciones, entre paciente y analista. De hecho, con cierta curiosidad y con algunas notables excepciones, la ética no recibe mucha exposición, si la hay, en nuestros planes de estudios, y menos aún las teorías sobre los orígenes y el funcionamiento de una capacidad o actitud ética en los seres humanos aparecen en la literatura analítica. Este capítulo intentará hacer una contribución a esta investigación necesaria.

Quizás una de las razones de la escasez de teoría sobre los orígenes y dinámicas de la actitud ética en la literatura analítica y psicoanalítica pertenece a un aspecto de sombra de nuestra profesión, una suposición común de que mientras el Código de Ética no haya sido violado, y los principios que lo subyacen, no es necesario pensar en ello. Es como si pensar en cuestiones éticas fuera una perturbación o una intrusión impúdica en la tarea analítica real. Me parece que donde existe esta actitud, hay un déficit ético. Las renuncias o negaciones, conscientes o inconscientes, sobre el lugar de la ética en la práctica analítica o en una organización constituyen los signos reveladores del lado de la sombra de la ética profesional.

¿De dónde derivan los principios éticos que los clínicos están ansiosos de enfatizar bajo su práctica profesional? ¿De dónde viene una capacidad para el pensamiento ético y el comportamiento? ¿Es la actitud ética innata, o la aprendemos? ¿Los principios éticos que forman la base profesional de nuestra práctica clínica están relacionados con nuestras profundas teorías psicológicas? ¿Es una capacidad para el pensamiento ético y el comportamiento un potencial arquetípico que espera la activación por las circunstancias correctas, o lo aprendemos a través de procesos de socialización y la calidad de nuestras relaciones de objeto? ¿Y por qué hay tan poco sobre los orígenes de la actitud ética en la literatura analítica?

Perspectivas históricas

Freud y Jung, fundadores de la tradición analítica, compartieron un terreno común en su visión de la psique como impregnada de la omnipresente presencia de conflictos inconscientes, de procesos y comportamientos psicológicos multideterminados y multimotivados, de impulsos inconscientes y subversivos y Deseos que pueden socavar la intención consciente, y de la posibilidad de contrapeso dentro de la psique de la elección consciente del ego, la energía moral y la lucha ética. A esta visión compartida, Jung añadió una profunda convicción acerca de la naturaleza teleológica predominante del yo y su continua búsqueda de convertirse en sí mismo, incluso frente a la resistencia interna diré o las fuerzas externas malignas. Estos son los elementos componentes de una visión profunda de la psique que tienen una relación directa con nuestra comprensión del logro de una actitud ética.

Freud señaló el desarrollo de dos sistemas reguladores relevantes para el comportamiento moral que parecen reflejar el funcionamiento de la ley del talión y el principio del ágape, respectivamente. Son: (i) el superyó arcaico, representando el poder y la autoridad y capaz de evocar de manera taliónica tales afectos como la vergüenza, la humillación, el temor a la venganza y el deseo de triunfo; Y (ii) el ideal del yo, basado en emociones más agapáticas como la culpa empática y el deseo de preservar e identificarse con los buenos padres interiorizados. Más tarde, Klein elaboraría el sistema dual de las posiciones paranoides / esquizoides y depresivas. Aunque no las especifica en estos términos, se puede pensar que la posición paranoide / esquizoide funciona de acuerdo con principios talónicos, y éstos pueden dar paso a las respuestas más agáparas de la posición depresiva a través de la capacidad de preocupación y reparación.

Una y otra vez en las Obras Completas, Jung subrayó la centralidad de los valores morales y éticos como profundamente implicados en el tratamiento psicoterapéutico. Hizo hincapié en el valor emocional de las ideas éticas y la fací que las cuestiones éticas requieren que el afecto y el pensamiento luchen juntos para alcanzar el discernimiento ético (véase, por ejemplo, Jung (1964), párrafo 855).

Para Jung, la comprensión del despliegue teleológico del yo que opera a través de la función trascendente sobre las etapas de una vida entera subraya una visión de la capacidad ética de los seps. En particular, el reconocimiento y la integración de la sombra es crucial para que el potencial se desarrolle y crezca, para individualizar y así cumplir con la naturaleza ética. Como Murray Stein (1995) ha dicho, “para Jung … la ética es la acción de toda la persona, del yo”.

Jung reconoció en repetidas ocasiones (por ejemplo, Jung (1959/1968), párrafos 14-16) que la sombra es un problema moral que desafía a toda la personalidad, requiriendo un considerable esfuerzo moral para superarla y encontrar una considerable resistencia infernal en el proceso De adquirir autoconocimiento. La sombra, esa parte del yo que el ego desespera y proyecta como no deseada, lleva lo que es antiético e inmoral dentro de sí y lo oculta, relegando su contenido a áreas inconscientes dentro de la psique donde Puede entonces ser vivido en la proyección, usando y abusando del otro como un vehículo para sostener los aspectos malos del uno mismo. Retirar proyecciones de sombra puede requerir una tremenda lucha de naturaleza ética, llevando a la conciencia lo que es inconsciente y proyectado. Beebe ha enfatizado las poderosas fuerzas negativas activadas en la lucha contra la sombra que amenazan la integridad: la ansiedad, la duda, la vergüenza, el dolor, la ausencia de bienestar y el deseo de reparar la relación dañada (Beebe 1992: 38).

Perspectivas filosóficas

Es evidente que no es posible revisar en este capítulo toda la literatura filosófica sobre ética. Es verdaderamente vasto y se extiende a lo largo de más de dos mil años de investigación filosófica registrada. Aquí quiero presentar tres axiomas o principios que sustentan mi enfoque de la ética personal y profesional y que reúnen, a mi juicio, las principales líneas del pensamiento filosófico sobre la ética relevante para esta discusión.

  1. El yo no es llamado a ser ético en el vacío. Para cumplir su función ética, el yo debe reconocer la realidad sustantiva y la subjetividad del otro. Las formas en que esto se logra tienen tanta relevancia para el trabajo en la sala de consulta como lo hacen para el funcionamiento ético cotidiano como seres humanos.

  2. La integridad del yo se pone en cuestión si parís del yo es desconocido o evitado y proyectado fuera del yo, en particular sus partes inmorales y no éticas. En la medida en que el otro se usa como un objeto de proyección, los selfremains se dividen y por lo tanto disminuyen. Los proyectos teleológico del yo para lograr la plenitud requiere la retirada de las proyecciones de las sombras y la integración de sus contenidos dentro de la personalidad.

  3. El pensamiento y la conducta éticos maduros pertenecen a un reino nocontinente de relaciones de objeto. Siguiendo la noción de Kant del imperativo categórico, el filósofo moral contemporáneo Ziegmund Bauman (1993) ha señalado que la capacidad ética de seifs deriva de un sistema de valor y de significación que pertenece a un reino diferente, de orden superior e incondicional de relacionarse con el otro. Es la naturaleza única y no reversible de mi responsabilidad hacia otro, independientemente de si el otro ve sus deberes de la misma manera hacia mí, eso me convierte en un ser ético.

Por lo tanto, podemos preguntarnos, ¿de dónde proviene este valor y significado, este sentido de responsabilidad incondicional? ¿Cómo explicamos la necesidad de tolerar la carga ética, esa verdadera lucha que implica la retirada de las proyecciones y la integración de la sombra?

Perspectivas neurocientíficas

La internalización de la experiencia de la relación no-taliónica nutre psíquica, mental y emocionalmente, como ha indicado la investigación neuropsicológica reciente (Schore 1994). El joven se autodesarrolla a través de un ambiente de retención lo suficientemente bueno, permitiendo que el niño experimente ser mantenido y protegido sin miedo indebido de respuestas de represalia o consideración indebida para aplacar a otro para su supervivencia. Esto le da al joven la seguridad y la libertad de expresarse como un ser auténtico. Esta situación total a su vez se convierte en la base para el potencial eventualmente desarrollar una capacidad ética. Cuando no se cumplen estas condiciones, surgen patologías del yo, tales como el yo falso, la personalidad “como si” y las diversas patologías relacionadas con las defensas del yo y los sistemas de autocuidado, tal como lo discutió Solomon (2004) .

El nuevo y floreciente campo de la psiconeurobiología ha demostrado que el desarrollo postparto de los circuitos neurales y las estructuras del cerebro del niño que regulan el desarrollo de las capacidades humanas superiores (es decir, cognitivas y socioafectivas) dependen de la existencia y calidad de las interacciones tempranas entre los lactantes Y madre o cuidador. Alian Schore (2003a, 2003b), Daniel Stern (1985), Jean Knox (2003) y Margaret Wiikinson (2003), entre otros, han hecho contribuciones poderosas de enfoques diferentes pero complementarios a esta área. Ellos han demostrado a través de diferentes perspectivas de investigación que existe un vínculo directo entre la calidad de la sintonización del bebé y su madre y el desarrollo de los circuitos neurales del bebé. Puesto que el niño intenta instintivamente participar en la activación de estos intercambios mutuos, podemos inferir que el bebé, un compañero proactivo, es participando directamente en el desarrollo de su propio circuito neural, en su propio crecimiento neural. Por otra parte, los circuitos particulares implicados son los que determinan la actividad cognitiva y socio-afectiva, los sistemas límbicos corticales y subcorticales, que deben eventualmente influir y sostener el logro de las capacidades psicológicas superiores, incluida la capacidad ética. Esto sugiere que hay razones para considerar que la capacidad ética es, al menos en parte, innata, derivada de los primeros intercambios instintivamente impulsados ​​con el cuidador primario, incluyendo los intercambios iniciados por el bebé; Y, al menos en parte, está influenciada por factores ambientales, por el impacto de la capacidad del mismo cuidador para responder a las interacciones apropiadas y significativas con el niño y para iniciar una interacción apropiada y significativa (véase Solomon (2000a)).

Emergencia de una capacidad ética

Al considerar estas preguntas y perspectivas, deseo ofrecer una imagen para resaltar un potencial arquetípico de capacidad ética. Al pensar en los posibles orígenes de la actitud ética, surge una imagen primordial de una función parental combinada. Lo que estoy combinando son las funciones maternas y paternas: combinando, por un lado, la noción evocadora de Winnicotfs (1964), la madre primordialmente preocupada, precursora de la madre ordinariamente devoto; Y, por otra parte, la noción de la función de discernimiento y discernimiento del pensamiento, que a menudo se representa simbólicamente en términos masculinos y paternos. Es a través de la combinación de estas funciones – de devoción y pensamiento – que la actitud ética se mantiene en la pareja paterna, y finalmente internalizada en la psique. La idea de la madre habitualmente dedicada, o cuidadora, representa un modo profundamente ético en la devoción instintiva e incondicional a otra, la niña, mientras trabaja para superar sus necesidades narcisistas y frustraciones, proyecciones de sombra, resistiendo en gran medida el impulso de Desviar el desarrollo de su infante a través de la aquiescencia indebida a sus requisitos. En un punto apropiado se iniciarán los procesos de socialización, una parte tan necesaria del desarrollo ético – la capacidad de decir, de diferentes maneras, “no”, estableciendo así fronteras y expectativas de autorregulación, particularmente en relación con los demás. La activación del potencial arquetípico para una eventual conducta ética se reforzará así en situaciones normales de buena calidad por parte de cuidadores capaces de compartir actos de dedicación pensativa y de pensamiento empático sobre su hijo. Esta visión combinada arquetípico-evolutiva del logro gradual en etapas de una capacidad ética ha sido discutida por Stein, refiriéndose a la obra de Bachofen (Stein 1993: 67).

Estoy conjeturando que la identificación e internalización de la función agapaica de las figuras paternas en su posesión empática, así como sus aspectos de pensamiento y discriminación desencadenan o catalizan una capacidad ética naciente en una mente joven, cuyos primeros pasos incluyen a los primitivos actos mentales de discriminar lo bueno y lo malo que constituyen los cimientos de las defensas psíquicas de la predicción y la proyección. Por lo tanto, los spiitting y proyección tempranos (así como posteriores) pueden ser ejemplos de actividad moral primitiva, lo que Samueis (1989) califica de moralidad original – la expulsión del yo de lo que no es deseado y se siente malo en el otro, donde se identifica como Malo y evitado. Incluso en situaciones en las que el bien se proyecta y se proyecta, está al servicio de mantener una estructura psíquica discriminatoria, pero altamente defensiva. Por lo tanto, nos encontramos en un círculo: los actos primitivos de discriminación de lo malo y de separación de la psique por proyección en los cuidadores constituyen las condiciones previas para la creación de la sombra que requerirá una nueva acción ética de reintegración: Discernimiento moral primordial o prototípico anterior al estado en el que hay suficiente fuerza del ego para que surja cualquier cosa que se asemeje a una conducta moral o ética apropiada.

Fordham (1969/1994) colocó la noción de Jung de sí dentro de un marco de desarrollo al postular al yo como un integrante primario, autónomo pero muy en relación con otro u otros. Así también nosotros estamos solos como seres morales y al mismo tiempo encontramos nuestra naturaleza moral en relación con los demás. Encontrar verdaderamente a otro representa una trascendencia de formas narcisistas de relación en las que el otro se apropia para uso en el mundo interno, negando la realidad subjetiva del otro. Vivir con las implicaciones de esto – una capacidad de reconocer y relacionarse con la verdad del otro – es un paso en el desarrollo de (y tal vez más allá) de la posición depresiva. La posición depresiva generalmente se considera que contiene actos de reparación a través de la culpa y el temor de que el objeto puede haber sido dañado y, por tanto, puede ser incapaz de seguir cuidándose a uno mismo (Hinshelwood 1989). Como tales, los actos de reparación dependen de la preservación del otro en beneficio del yo. La actitud ética contemplada aquí va más allá de esta contingencia y sugiere un ámbito nocontinente de conducta ética. Esta situación tiene implicaciones directas para lo que ocurre en el consultorio entre la pareja analítica (ver Salomón (2000b) para una discusión posterior).

Aparición de una capacidad ética en el consultorio

Gran parte del trabajo entre el paciente y el analista se refiere a las vicisitudes en los modos y la capacidad de coniunctio entre ellos. Jung enfatizó la importancia de la mutualidad en la relación entre paciente y médico, y era muy consciente de los peligros psicológicos y las presiones éticas que se derivan de ello, como aspeéis de lo que él llamó identidad inconsciente o participación mística (Jung 1964: 852) , Generalmente conceptualizada como identificación proyectiva, en la cual los niveles primitivos de comunicación pueden conducir a estados de considerablemente reducida diferenciación psicológica entre los dos individuos dentro del par que los relaciona. Esto se considera ahora como la dinámica de la relación de transferencia y contratransferencia. Sin embargo, estos estados útiles pueden estar en proporcionar conductos inmediatos para la comunicación inconsciente, aumentando así la comprensión clínica, los peligros muy reales son claros. La identificación inconsciente sin la función discriminante del pensamiento y la reflexión puede conducir a la perversión de la actitud ética. Las fronteras pueden entonces ser cruzadas, las promulgaciones siguen sin ser metabolizadas, las actuaciones se convierten en posibilidades y la seguridad del contenedor se pierde, reduciendo así la libertad psicológica necesaria para llevar a cabo el trabajo analítico (ejemplos expuestos en detalle por Gabbard y Lester )).

El «acto especial de reflexión ética», tal como lo llamó Jung (Jung, 1964, párrafo 852), tal como aparece en la consulta, requiere condiciones especiales, en particular el mantenimiento y la protección del espacio circunscrito, el vas bene clausum o En términos de Langs (1974), el marco analítico. En la relación analítica desigual, el mantenimiento de un espacio limitado garantiza que el trabajo analítico pueda proceder con seguridad y con la libertad analítica necesaria para que pueda producirse una regresión y estados de desintegración poderosa ya veces de desintegración dramática. Inevitablemente, el marco analítico puede ser cuestionado, y Wiener (2001) ha discutido algunas de las cuestiones que pueden estar involucradas, requiriendo el mantenimiento de lo que ella ha llamado “espacio ético”. Esto indica la importancia de la supervisión o consulta continua en la práctica analítica post-calificación. Una consecuencia de esto para la formación es la necesidad de revisar un objetivo de formación primaria anterior, que había sido preparar y evaluar que los candidatos están dispuestos a trabajar “independientemente”. Volveré a este punto en breve.

La libertad de la apropiación para el uso narcisista en el mundo interno intímate de otros puede preceder a la capacidad de relacionarse éticamente con un otro intímate. Esta es una libertad que resulta de la regla de la abstinencia, ya sea familiar entre generaciones, o profesionalmente entre paciente y analista, o supervisor y supervisado, que también son de dos generaciones (analíticas) diferentes. En las condiciones en que tal libertad no estaba disponible, el yo pudo haber tenido que idear formas de protegerse de tales incursiones, erigir defensas del yo, y una pérdida de capacidad ética pudo haberse producido. Se dedica gran parte del trabajo analítico a restablecer esta libertad, enfrentando las inevitables fuerzas de sabotaje que buscan socavar la actitud ética en el trabajo analítico.

La naturaleza desequilibrada de la díada analítica se asemeja a la situación que describí anteriormente en la cual una persona asume responsabilidades éticas incondicionales hacia otra que no está obligada a recircular de igual manera; Así también en el consultorio, donde el analista se compromete a mantener una actitud ética a la que el paciente no está obligado a adherirse de la misma manera. Por supuesto, el paciente cumple con otras reglas, como el pago de honorarios y la asistencia regular (dentro de ciertos parámetros). Es manteniendo la actitud analítica que la psicopatología del paciente, incluyendo las presiones a veces incontrolables que el paciente trae sobre la relación analítica, puede surgir y ser tolerada al servicio de una eventual transformación. Kenneth Lambert (1981) ha discutido la importancia para el tratamiento en curso de que el analista mantiene una función agapaica frente a los propios impulsos del paciente y del analista para comportarse de acuerdo con la ley del talión. Si tal presión puede ser contenida en el ambiente de espera de la actitud analítica, sostenida por la capacidad del analista para ágape, es entonces que, como dijo Jung, la función trascendente puede ser activada y encontrar una solución.

Más allá de la posición depresiva

Si el logro de una actitud ética es un logro de desarrollo, entonces podríamos aventurarnos a considerar que la actitud ética es una posición de desarrollo y depende de la calidad de la relación entre el yo y el otro y el significado de la relación para cada uno: una situación interior y exterior . En las siguientes secciones, afirmo que la actitud ética representa un paso de desarrollo más allá de la noción de la posición depresiva.

Jung subrayó la visión teleológica del yo en la cual la capacidad innata para que el yo se convirtiera a sí mismo a través del proceso de individuación era un aspecto fundamental. Una actitud éticamente madura no se basa en el comportamiento ético del otro hacia el yo, sino que se basa en la experiencia más antigua de la devoción incondicional de otro en relación con el yo, independientemente de la relación de los éstos con el otro. Por otra parte, la capacidad de culpabilidad, preocupación y deseo de reparación que se observa en el niño resulta, según Klein, de la capacidad de imaginar el daño que ha causado al otro y, por tanto, de cómo el deseo o la capacidad del otro de seguir amando Y el cuidado del yo puede disminuirse o desaparecer. También representa la preocupación y el temor de la pérdida de la propia interna! Buenos objetos que son necesarios para sostener la viabilidad continua del yo y sin la cual puede ocurrir la disolución psíquica (véase Klein 1935, 1940). He aquí un sistema de contabilidad interna en el trabajo que sigue relacionado de esta manera con las ansiedades evocadas por la ley talión de la posición paranoide-esquizoide.

Al hablar de la lucha con un conflicto ético que puede dejar a la persona sintiéndose encerrada en un dilema del que no parece haber ningún desarrollo o recurso posible, Jung afirma:

El factor decisivo. . . Procede no del código moral tradicional, sino del fundamento inconsciente de la personalidad. La decisión es tomada de las aguas oscuras y profundas. . . Si uno es lo suficientemente concienzudo, el conflicto se mantiene hasta el final. . . La naturaleza de la solución está de acuerdo con los fundamentos más profundos de la personalidad, así como con su totalidad; Abarca consciente e inconsciente y por lo tanto trasciende el ego … un conflicto de deber encuentra su solución a través de la creación de un tercer punto de vista.

(Jung 1964: párrafo 856-857)

La triangulación y el tercero arquetípico

La importancia del tercer punto de vista es un concepto central dentro de la posición filosófica y clínica de Jung y se remonta a 1916, cuando escribió acerca de la dialéctica de la función trascendente (véase Solomon, 1994). En ese momento, poco después de la fusión con Freud, cuando estaba sufriendo lo que podría describirse como una regresión psicótica ante la pérdida de Freud que representaba en un nivel la función psíquica centralmente organizadora de la figura paterna que nunca había tenido, Jung Escribió dos papeles históricos que pueden parecer diametralmente opuestos en su contenido y forma: “VII sermones ad mortuos” y “La función trascendente”. El primero se publicó en ese momento, pero no en una edición inglesa separada hasta 1982, mientras que el último no se publicó hasta 1957, sólo unos pocos años antes de su muerte en 1961. Ambos reflejan, de diferentes maneras, la inmediatez de la angustiosa y angustiosa situación de Jung. Amenazando experiencias psíquicas que proceden de su autoanálisis, emprendido, como auto-análisis de Freud, por sí mismo. Al mismo tiempo Jung continuó funcionando como director clínico del hospital de Burghólzh en Zurich y también engendró una familia cada vez mayor. Si el tono de los “Siete sermones” era el de un relato escalofriante de las experiencias psíquicas horriblemente vívidas que soportó en el momento de su “confrontación con el inconsciente” (Jung 1961: 194), el de la “función trascendental” , Contribución científica a la construcción de la teoría analítica en relación con la dinámica del movimiento psíquico, el crecimiento y el cambio, que comparó con una “fórmula matemática” (Jung 1960: 131). Podríamos interpretarlo como una exteriorización desapasionada de su estado interno altamente emotivo en ese momento, una especie de auto-supervisión, con respecto a su propia reacción perturbadora y desequilibrada ante la pérdida de su relación con Freud unos años antes. En este trabajo, Jung expuso un esquema arquetípico y estructural profundo de la triangulación en el que demostró que el cambio psíquico se produce a través de la aparición de una tercera posición de una situación interna o externa polarizada y polarizada original, cuyas características no pueden predecirse por sí solas Por los de la díada original. En relación con esta idea, es interesante observar que la filósofa y psicoanalista, Marcia Cavell, que recientemente ha presentado la idea de la triangulación en un contexto psicoanalítico, se refiere a la noción de Polanyi de “propiedades emergentes” de la misma manera que Pertenecientes a la naturaleza dialéctica de la función trascendente, es decir, “propiedades que en un proceso de desarrollo surgen espontáneamente de elementos de los niveles anteriores y no son especificables o predecibles en términos de ellos” (Cavell 1998: 461). El paradigma de la “emergencia” ha sido abordado recientemente en la teoría analítica-construcción por Cambray (2002) y Knox (2003).

La noción de Jung de la función trascendente se basa o no en sus orígenes filosóficos en la idea de la naturaleza dialéctica y profunda estructural de todo cambio en el mundo viviente expuesto por Hegel, el filósofo germánico del siglo xix, en su gran El trabajo Fenomenología del Espíritu (ver Salomón (1994)). Hegel postuló un esquema tripartito como fundamental para todo cambio, incluyendo el cambio psíquico; Una situación en la que un par original de oposición, una díada, que llamó tesis y antítesis, luchan juntos hasta que, en las condiciones adecuadas, se logra una tercera posición, una síntesis. Esta tercera posición anuncia la transformación de los elementos de oposición de la díada en una posición o estado con nuevas propiedades que no se podían conocer antes de su encuentro: el tertiuní quid non datur en los términos de Jung. Hegel llamó a esta lucha omnipresente dialéctica, porque demostró cómo las transformaciones en el mundo natural suceden a través de la resolución de una lucha de oposición y se puede entender que tiene sentido y propósito. Este fue un patrón estructural profundo de cambio dinámico que fue arquetípico en la naturaleza y el desarrollo como un movimiento dinámico en el tiempo. Jung siguió el lenguaje dialéctico de Hegel – tesis, antítesis, síntesis.

Este esquema arquetípico también puede considerarse como la base de la situación edípica tripartita, donde la transformación a partir de un par primordial, madre e hijo, puede lograrse a través de la tercera posición proporcionada por la función paterna, sea ésta un padre real o Una capacidad de la mente en la madre o en el niño. Recientemente, varios psicoanalistas han contribuido a la dinámica importante del tercer punto de vista (por ejemplo, Steiner, Britton, Ogden, Bollas y Fonagy) que se refieren a la centralidad del tercero arquetípico como se evidenció en el complejo de Edipo que fue el Piedra angular de la metapsicología freudiana. Peter Fonagy (1989) ha desarrollado una teoría de la mente que el niño ha logrado cuando es consciente de que sus pensamientos y los del otro están separados y no están disponibles directamente entre sí (como se supone en los estados de fusión o de identificación) Pero sólo por referencia a una tercera perspectiva. Como señala Marcia Cavell:

El niño necesita no sólo una sino otras dos personas, una de las cuales, al menos en teoría, podría ser sólo la idea del niño de un tercero. . . El niño debe pasar de interactuar con su madre a comprender la idea de que tanto su perspectiva sobre el mundo como la suya son perspectivas “, que existe un tercer punto de vista posible, más inclusivo que el suyo, del cual tanto la madre como la suya pueden Ser vistos y de los cuales la interacción entre ellos puede ser entendida.

(Cavell 1998: 459 – 460)

Es en este sentido que podríamos hablar de la aparición de la identidad del niño, separada de su madre, a través de la provisión de una tercera perspectiva. Para Jung, esto sería pensado como la aparición gradual del yo, a través de sucesivos estados de transformación e individuación a través de la función trascendente.

Sobre la base de estas perspectivas, deseo plantear la opinión de que la provisión de supervisión permanente, un tercer espacio de discurso analítico, ofrece la posibilidad de que tanto el paciente como el analista sean ayudados a salir de la massa confusa de la díada analítica y que, siguiendo el dictado de Jung, ambos son ayudados a cambiar a medida que avanza la individuación.

En la teoría psicoanalítica, la importancia de la negociación del trío edípico, esa tríada arquetípica por excelencia, constituye gran parte de la comprensión psicoanalítica del logro del desarrollo. Freud utilizó por primera vez el término “complejo de Edipo” en 1910, siguiendo las investigaciones científicas de Jung sobre los complejos que demostró a través de la prueba de asociación de palabras (WAT). En esa época, ambos consideraban que el complejo de Edipo era uno de los muchos complejos organizadores de la psique, pero pronto se convirtió en el concepto psicoanalítico principal.

Britton resume concisamente la situación edípica:

Observamos en los dos sexos los mismos elementos: una pareja parental … un deseo de muerte hacia el padre del mismo sexo; Y un sueño o mito de satisfacer los deseos de tomar el lugar de uno de los padres y casarse con el otro.

(Britton 1998: 30)

Britton evoca la noción de triangulación interna, que requiere la tolerancia de una versión interna de la situación edípica. Describe el “espacio psíquico triangular” como “una tercera posición en el espacio mental … de la cual el yo subjetivo” puede ser observado teniendo una relación con una idea “(ibid .: 13). Concluye que “en todos los análisis la situación básica de Edipo existe siempre que el analista ejerce su mente independientemente de la relación intersubjetiva entre el paciente y el analista” (ibid .: 44).

En mi opinión, la manifestación externa y la facilitación de este estado triangular interno está esencialmente presente en la relación de supervisión o consulta. Aquí, dos personas, el analista y el supervisor, están vinculados en relación con un tercero, el paciente. Igualmente, en el consultorio, el analista con el paciente trabaja con referencia al tercer punto internalizado, es decir, al supervisor y la actitud analítica representada por el supervisor en su mente; Y de manera similar, el paciente en presencia del analista conoce más o menos conscientemente la relación del analista con su actitud analítica, es decir, del tercero analítico.

Dentro del psicoanálisis, el debate actual sobre la intersubjetividad, en el cual el analista y el paciente se ven actuando juntos dentro de la relación de tratamiento (por ejemplo, Atwood y Stolorow (1993: 47)), es similar al estudio citado de Jung sobre la Vicisitudes de la coniunctio (Jung 1966). La noción de “triangulación progresiva” de la psicoanalista Marcia Cavell (1998) tiene relevancia aquí: “para conocer nuestras propias mentes, necesitamos una interacción con otra mente en relación con lo que se denominaría realidad objetiva” (Rose 2000: 454, resumiendo Cavell). Sostengo que la provisión de supervisión, incluyendo la supervisión interna que sucede cuando el analista piensa en aspeéis del paciente y la relación analítica, es un importante ejemplo de “triangulación progresiva” m que permite una interacción continua con otra mente en relación con un tercero, el paciente, que puede ser pensado porque diferenciado de la relación diádica de la pareja paciente-analista.

Espacio triangular y supervisión en la práctica analítica

La provisión y función de supervisión de trabajo analítico y psicoterapéutico con individuos, niños, parejas o familias crea un espacio triangular esencial para el cuidado y mantenimiento – la higiene continua – de la relación terapéutica. Utilizo el término “higiene” en el sentido de que, a través de su provisión, la supervisión mantiene constantemente activada la conciencia de la actitud analítica, incluyendo su componente ético, en ya través de la presencia de una tercera persona (el supervisor), o una tercera posición (El espacio de supervisión), y que actúa como una ayuda en la restauración de las altitudes analíticas y éticas cuando a veces pueden perderse en el torbellino de la práctica clínica, llena de dinámicas identificatorias y proyectivas, como cualquier intensa e íntima Relación sería. La supervisión es en sí misma la representación de esa actitud mediante la provisión de un tercer espacio de reflexión. El tratamiento a niveles profundos de la psique en angustia siempre implica una regresión y / o narcisismo en los modos primitivos de relacionar aquellos estados mentales dicotómicos que pueden estar dominados por fuerzas arquetípicas y las defensas resultantes Que se crean para proteger al yo y asegurar su supervivencia (Kaisched 1996; Solomon 1997). La provisión de un espacio triangular sostenido a través de la situación de supervisión crea la oportunidad necesaria para la reflexión analítica, donde dos personas trabajan juntas para pensar en una tercera, si la tercera es un individuo, una pareja, una familia o una idea o aspecto dentro del terapeuta o Analista, eso es relevan! A su trabajo clínico. La provisión del espacio triangular por supervisión interna o externa, o ambas, es esencial para el mantenimiento de la actitud analítica frente a las multitudinarias fuerzas y presiones que actúan dentro de la situación analítica y terapéutica, que surgen de la dinámica consciente e inconsciente dentro y Entre el paciente y el analista por igual, y los intercambios intersubjetivos consecuentemente inevitables, a menudo inconscientes entre ellos como un par, que buscaría, por razones defensivas, socavar los logros analíticos.

En la medida en que este espacio triangular creado por supervisión es necesario para la higiene de la pareja analítica (del mismo modo que el principio paterno-reflexivo es esencial para la higiene de la díada madre-infante, proporcionando el espacio para el crecimiento psicológico) Tiene un papel ético y clínico y didáctico en todos los trabajos analíticos y terapéuticos, a pesar de los años de experiencia del practicante. Si la supervisión se proporciona de la misma manera que durante la capacitación, con reuniones semanales en una situación de uno a uno con un médico mayor o en consultas con un practicante senior a intervalos acordados, o si la supervisión por pares en pequeños grupos se selecciona como medio de proveer el espacio triangular, son preguntas que cada clínico debe decidir, según su necesidad personal, inclinación y recursos disponibles.

En el caso del análisis y supervisión de los candidatos a la formación, en los que existen problemas de límites en curso y otras presiones inherentes a la situación de formación que no suelen referirse en el trabajo con pacientes no formados, como la necesidad de ver a un paciente bajo control regular Supervisión, con una cierta intensidad mínima, durante un período mínimo de tiempo, la supervisión ayudará a identificar y trabajar bajo estas restricciones sin renunciar a la actitud analítica. Esto, a su vez, fomentará en el candidato su propia actitud ética, ya que internalizan la expectativa de que todo el trabajo analítico, incluyendo el trabajo de su propio analista y supervisores, sea supervisado. El aprendiz sabrá desde el principio de su formación que siempre hay un tercer espacio creado en el que él o ella como paciente o como supervisado será pensado por otro par de supervisores y practicantes.

Fomentar la expectativa ética de la provisión de supervisión en curso es más probable que genere un compromiso generacionalmente basado en la actitud analítica dentro de una institución de formación, ya que la tradición de la buena práctica clínica se transmite a través de las generaciones de formación analítica. En la actualidad, se supone que el objetivo y los objetivos de la formación se pueden resumir de manera opuesta: es decir, que el éxito del progreso del candidato a través de su formación se evalúa de acuerdo con si se juzga que está listo para “trabajar independientemente”. Por supuesto, la evaluación de la capacidad del aprendiz para un juicio independiente y un sentido de su propia autonomía viable es un factor importante, incluso crucial, en el proceso de evaluar si alguien está listo para calificar para practicar como analista o terapeuta. Estoy argumentando aquí que en esta evaluación debe ser un juicio sobre la conciencia del candidato sobre la necesidad y la utilidad de la provisión de un espacio triangular en el que debatir su práctica clínica, con el fin de asegurar mejor contra los riesgos inherentes al trabajo en Tales formas psicológicas profundas y profundas, incluyendo los peligros de estados identificatorios mutuos o el abuso de poder.

Mi argumento es que, además de sus obvias ventajas, la expectativa de que el médico se asegure de que tienen una supervisión o consulta continua sobre su práctica clínica es un signo de maduración, tanto por parte del practicante como de la institución de formación , Ya que evalúan su propia y la competencia clínica de otros. Esto forma parte del proceso de evaluación, que da como resultado la autorización para ejercer como miembros de la institución de formación. Hay la dimensión agregada de que algunos miembros pasan a convertirse en formadores eventuales, es decir, analistas de formación, supervisores y líderes de seminarios clínicos y teóricos, encargados de la formación de futuras generaciones de analistas. La expectativa en el aprendiz de la provisión supervisora y consultiva continua, modelada por los instructores, fomenta el respeto y la comprensión del candidato de las condiciones que crean y sostienen la actitud analítica y ética. Esto incluye la atención a las cuestiones de fronteras que pueden surgir dentro ya través de la intensidad de la dinámica intersubjetiva dentro de la relación analítica y terapéutica (ver Gabbard y Lester (1995) para una discusión detallada de los problemas de frontera en la práctica analítica). Estas dinámicas intersubjetivas son inevitablemente liberadas por los intercambios identificativos interpenetrativos, proyectivos, introyectivos y proyectivos dentro de la transferencia y la contratransferencia.

La recomendación de que (i) los miembros de las instituciones de formación analítica busquen establecer un ethos de supervisión permanente para discutir su trabajo, incluso si la provisión no se mantiene sistemáticamente, y (ii) todos los analistas de capacitación y supervisores de las instituciones (Incluyendo pacientes, supervisados ​​o pacientes de formación), representa un desarrollo adicional de las tríadas omnipresentes creadas por la situación de la formación: el analista-supervisor de formación-aprendiz; El paciente-supervisor de formación; Y el comité de capacitación de entrenadores-supervisores. La expectativa de proporcionar un espacio de reflexión con otro beneficiaría a todas las partes interesadas y, al mismo tiempo, aumentaría la conciencia clínica. Sin este beneficio, corremos el riesgo de identificarnos con esos procesos narcisistas y otros procesos patológicos y presiones inevitables en la práctica analítica, ya que somos capaces de tratar aquellos aspeéis en nuestros pacientes que corresponden y resuenan con nuestros propios asuntos internos e historias personales. Henee la importancia de la “higiene” clínica, de crear el tercer espacio de supervisión; Esto puede ayudarnos a mantener nuestra conexión con objetos genuinos relacionados y permanecer alerta a los peligros de la relación diádica intensa.

Conclusión

En este capítulo he explorado formas en que el yo encuentra, define, crea y lucha con el valor ético. Me parece que el concepto de la actitud ética puede funcionar como un concepto fundamental en el trabajo psicológico de profundidad. Lo hace porque hace que el clínico se estire profundamente en las bases de la psique en desarrollo e incluya valores colectivos comúnmente aceptados, proporcionando así una oportunidad para el estudio conjunto de las fuentes y condiciones para mantener una de las expresiones más profundas de nuestros valores más altos Y el funcionamiento mental. Además, la forma en que las cuestiones éticas pragmáticas se tratan en la consulta, en las organizaciones analíticas y con los colegas es una preocupación común que todos los profesionales deben abordar.

Cuanto más he pensado en la cuestión de la ética en términos de desarrollo y arquetípicos, más me he dado cuenta de que la ética está con nosotros profesionalmente todo el tiempo en el consultorio, día a día, hora por hora. A pesar de que no estamos necesariamente conscientes de nuestra actitud ética mientras trabajamos, somos, como profesionales, viviendo constantemente dentro de una dimensión ética. Todas las acciones que llevamos a cabo en relación con nuestros pacientes y supervisados ​​y, agregaría, nuestros colegas, tienen un aspecto ético que, si se ignora, puede tener serias implicaciones para nuestra capacidad de mantener la actitud analítica, el marco analítico y de hacer Nuestro trabajo analítico en un contexto profesional apropiado.

También he explorado algunos aspectos de la función de supervisión en la práctica analítica en relación con las perspectivas de desarrollo y arquetípicas. La provisión mediante la supervisión de un espacio triangular en el que se puede pensar el trabajo clínico con los pacientes crea la dimensionalidad necesaria para que se produzca la transformación psicológica y tiene resonancia con la realidad del desarrollo y la verdad arquetípica. El aspecto ético de la provisión y el proceso de supervisión se basa en la noción de que la relación objetiva genuina surge de tal dimensionalidad, en la cual una mente es consciente de la realidad subjetiva de otra y elige tomar responsabilidad ética hacia el otro, como padre en relación Al niño, al analista o terapeuta en relación con el paciente. Esto se fomenta en el entorno de supervisión, donde la relación triangular de supervisor-analista-paciente hace manifiesta en forma concreta una situación estructural universal, triangular y profunda que es necesaria para que se produzca el desarrollo psicológico.

El surgimiento de una capacidad ética representa un desarrollo desde la posición depresiva, en la medida en que busca proporcionar y proteger un espacio o lugar no contingente para la reflexión sobre otro, ya sea una persona, una relación o una idea. Tal reflexión puede resultar en decisiones tomadas con respecto a otra, y puede ser seguida por acciones, que incluyen el contenido, la forma, el tiempo y otras características de las interpretaciones, así como otros modos más subyacentes de estar en presencia de otro, lo cual Tendrán un impacto directo en la calidad de su interior. Es por esta razón -por la posibilidad de hacer daño a la vulnerable realidad interior de otro- que el Juramento Hipocrático se estableció hace 2.500 años con su premisa principal, no nocere, “no hacer daño”, y por qué Nosotros, como practicantes, seguimos tratando de perfeccionar su ethos.

La actitud ética es una parte esencial e integral de la relación analítica, y no es sólo una adición al trabajo del practicante. Si el analista lo experimenta como un problema externo, entonces el trabajo analítico puede convertirse en algo más que un ejercicio intelectual y el Código de Ética un mero checkiista que puede ser olvidado mientras no sea transgredido. La práctica analítica y la actitud ética están íntimamente unidas; Cada uno impregna al otro y define y da valor al otro. Esto refleja la relación analítica en sí misma, en la cual, como subrayó Jung, ambos socios se ponen a disposición de, y pueden ser cambiados por, el encuentro con el otro. Esta es la esencia tanto del trabajo analítico como de la actitud ética. Así, podemos decir que la actitud analítica es en esencia una actitud ética, y por lo tanto que nuestra actitud analítica y ética está profundamente arraigada dentro de nuestra humanidad.

Agradecimientos

Un borrador de este capítulo fue presentado en una conferencia titulada “Ethics Matters”, organizada por el IAAP en Cambridge, Reino Unido en julio de 2003. Una versión anterior de este documento fue dada en una conferencia titulada “Diversity and its Limits: New Directions in Analytical Psicología y Psicoanálisis “, organizado por la Revista de Psicología Analítica en Praga en mayo de 2001. Esto también apareció como el siguiente:” El yo ético “, en Christopher, E. y Solomon, H. (eds), pensamiento junguiano en el Moderno Libros Libres de la Asociación, 2000; “Orígenes de la actitud ética”, Revista de Psicología Analítica, 46 (3), 2001; “La ética de la supervisión: perspectivas evolutivas y arquetípicas”, en Christopher, E. y Solomon, H. (eds), Práctica Clínica Jungiana Contemporánea, Karnac Books, 2003; “La actitud ética: un puente entre el psicoanálisis y la psicología analítica”, en Solomon, H. y Twyman, M. (eds), La actitud ética en la práctica analítica, Free Association Books, 2003; “La ética de la supervisión: perspectivas evolutivas y arquetípicas”, en Solomon, H. y Twyman, M. (eds), La actitud ética en la práctica analítica. Libros de Asociación Gratuitos, 2003.

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